Toda la iglesia para alcanzar a todo el mundo

Identificando los eslabones perdidos de la movilización en Latinoamérica. 

En un reciente Encuentro de Movilizadores de misiones de la Cooperación Misionera Iberoamericana (COMIBAM), evento que reunió a representantes de organizaciones e iglesias de 19 países distintos en Ecuador, un tema recurrente en nuestras conversaciones fue cómo la movilización misionera debe ser más efectiva; pues solo hemos sido capaces de convocar a un número limitado de personas. 

Líderes y participantes llegamos a la misma conclusión: nuestro mensaje, nuestros eventos y nuestro lenguaje – muchas veces con terminologías innecesarias- solo apelan a un pequeño sector de la Iglesia. El problema: el mundo y toda su diversidad demanda de la participación de todo el cuerpo de Cristo; no solo de un pequeño grupo de cristianos. 

El relato de los primeros versículos de Hechos 8 siempre han llamado mi atención. Lucas nos cuenta que, por causa de la persecución, todos fueron esparcidos por Judea y Samaria, salvo los Apóstoles. Luego, también nos dice que aquellos que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio. El avance del evangelio en los primeros siglos fue gracias a esos cristianos anónimos, comunes y corrientes, que pese a la persecución difundieron el mensaje, a medida que ellos también eran dispersados. 

Asimismo, Pablo, en su segunda carta a Timoteo, le da la tarea de encargar a “hombres fieles” lo que de él había aprendido, para que ellos también continuaran enseñando. Es una cadena, donde cada eslabón es fundamental para que continúe la tarea del evangelio: Pablo enseñó a Timoteo, quien a su vez enseñó a hombres fieles, quienes también continuaron con la labor. 

¿Quiénes están quedando fuera de este eslabón? ¿Cómo hacemos parte a toda la iglesia -tal como en Hechos 8- para responder a la misión y el mandato del Señor? 

Al término del Encuentro de Movilizadores de COMIBAM, fue claro que tres grupos de personas están quedando fuera de nuestra movilización, y que necesitamos incluir de forma urgente: 

1. Necesitamos a los profesionales y trabajadores 

La misión no solo avanza con los ministros y obreros cristianos de tiempo completo; así como los primeros cristianos predicaron el mensaje mientras eran esparcidos en Judea y Samaria, hoy el evangelio también debe avanzar con los estudiantes, trabajadores y profesionales que viven su fe en sus lugares de estudio y trabajo.

Vivimos un momento único en la iglesia latina: nunca habíamos tenido tantos profesionales en nuestras filas, cada uno con oportunidades únicas de trabajo. Debemos ser capaces de acompañar e impulsar a cada laico, para que en su lugar de trabajo sea un testigo del evangelio. Debemos renovar nuestro entendimiento para dejar a un lado la separación entre el ministerio y el trabajo; y así comprender que lo que hacemos en un templo y en una oficina, tiene el mismo impacto en el reino. 

Un momento clave para la Iglesia global en las últimas décadas, fue el encuentro de más de 4 mil líderes cristianos de todo el mundo en la Ciudad del Cabo en Sudáfrica, bajo el Movimiento de Lausana. En este histórico evento, se definieron lineamientos que hasta hoy dirigen e influyen en las tendencias misioneras, siendo la misión en el lugar de trabajo un punto central del llamado a la acción

“Animamos a los líderes de las iglesias a comprender el impacto estratégico del ministerio en el lugar de trabajo y movilizar, equipar y enviar a los miembros de su iglesia como misioneros al lugar de trabajo, tanto en sus comunidades locales como en los países que están cerrados a las formas tradicionales de dar testimonio del evangelio”.

Hoy, como profesional y trabajadora laica que soy, tomo estas palabras y sigo animando a los líderes de la iglesia en América Latina, para que comprenda el impacto estratégico de incluir a los trabajadores y estudiantes en el eslabón. 

2. Necesitamos a las nuevas generaciones 

En el encuentro de Movilizadores de COMIBAM me encontré con la madre de Pablo Andrés, un niño de Ecuador de 10 años que escuchó de la historia de Hudson Taylor y le impactó tanto su trabajo que él sueña con continuar con la tarea misionera en Asia. Con emoción en sus ojos, su madre me contaba de la pasión de su hijo y de cómo él anhela crecer y servir a Dios. 

Asimismo, hace un par de semanas, mi sobrina de siete años me manifestó su deseo de ser parte del comité de misiones en nuestra iglesia local. Sus padres le han enseñado desde pequeña sobre las necesidades del mundo y la importancia de cumplir con el mandato de hacer discípulos en todas las naciones, por lo tanto, su pregunta no me sorprendió. Pero ese pequeño intercambio de palabras me llevó a cuestionarme si estamos preparados para que las nuevas generaciones sean parte. 

Cada vez es más común la frase “los niños no son la iglesia del futuro, son la iglesia hoy”. Pero poco hacemos para vivir esa verdad en la práctica. 

Durante el encuentro en Ecuador, Juan David Echeverri, líder de OM en la Región Andina, señaló la necesidad de aprender a escuchar a las nuevas generaciones, para acercarnos con las oportunidades correctas. Nuestras estrategias y modelos de trabajo son cada vez menos relevantes para la visión de las niñas, niños y adolescentes de este tiempo. 

Según cifras de las Naciones Unidas, hay cerca de 1.200 millones de jóvenes entre 15 y 24 años, ¡lo que representa el 16% de la población mundial! Quienes hablan su lenguaje y entienden sus preguntas, son los jóvenes de nuestras propias congregaciones. Por supuesto que tienen que aprender y madurar, pero no los dejemos fuera de la conversación; invitémoslos a la mesa. 

3. Necesitamos a los pastores

¡Sí, los pastores! Es triste y vergonzoso reconocer que los pastores en Latinoamérica han sido una de las “etnias” más difíciles de alcanzar. Si le preguntas a un movilizador cuál es uno de los desafíos más grande que tiene, es muy probable que incluya en su respuesta la dificultad de lidiar con pastores. 

No vamos a apuntar a nadie ni a buscar culpables por los errores del pasado; pero si queremos avanzar con toda la Iglesia hacia la misión, debemos ser capaces de colaborar con los pastores, trabajar con ellos, apoyarlos e impulsarlos. La tarea se completará con ellos, participando activamente del envío y la misión. 

Cada eslabón es necesario, aquellos que cumplen un rol más “clásico”, como misioneros y plantadores de iglesias, como también aquellos que se están quedando en los márgenes. 

Es inevitable pensar en la diversidad de creencias y realidades que caracteriza a Asia Oriental. Pues si como OMF anhelamos compartir las buenas nuevas de Jesucristo en toda su plenitud con las personas de Asia Oriental, necesitamos de toda la iglesia latina: familias, niños, profesionales, ministros. Todos. 

Esta no pretende ser una lista exhaustiva ni definitiva, pero nos ayuda a repensar nuestro trabajo como movilizadores. Somos responsables de responder a los desafíos de este tiempo y este es un buen punto para comenzar.  

Verónica López
Movilizadora de OMF Nuevos Horizontes en América Latina

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