Las redes sociales y el desafío de vivir en donde está

Las redes sociales hacen que sea fácil vivir en otro lugar mientras que no se vive realmente en donde estamos. Sí, las redes sociales ofrecen grandes beneficios, pero para los cristianos que sirven en el extranjero, pueden hacer que sea un desafío el invertirse totalmente en donde sirven, según nos cuenta Karl Dalhfred.

Cuando fui por primera vez a Tailandia en 1999, nuestro supervisor misionero nos advirtió a todos los nuevos que no pasáramos mucho tiempo viendo nuestros correos electrónicos. Dijo que no debíamos revisar el correo electrónico más que una vez al día. La razón era que eso nos ayudaría a enfocarnos en conocer mejor nuestro entorno, aprender el idioma y la cultura y en hacer nuevos amigos tailandeses.

Fue un buen consejo, pero para ser honesto, no siempre lo seguí. Aunque, por otro lado, la tentación de pasar incontables horas en la computadora era mucho menor en aquel entonces. El internet era nuevo, no había redes sociales y estar en línea con mi flamante módem nuevo de dial-up interno era algo lento. Una noche, mi compañero de apartamento recibió un correo electrónico con un adjunto que era de 1MB de tamaño. Le tomó una hora poder descargarlo antes de poder ver el vídeo divertido de 30 segundos de duración que le habían enviado. No quiero repetir la trillada frase de “mis tiempos eran mejores”, pero en algunas maneras, el tener menos tecnología y casi cero conectividad era algo muy positivo a la hora de ajustarse a una cultura completamente diferente como en la que me econtraba.

No hay mal que por bien no venga

Ya que solo podía hacer ciertas cosas en mi computadora portátil y dado que tenía pocas oportunidades de ver películas en inglés, salía a la comunidad. Fui al lugar local de deportes, recorrí el mercado local, platiqué con mis vecinos y tuve una experiencia sumamente estresante cuando intenté decirle al piloto del moto taxi que me llevara a casa en la noche, cuando yo solo había aprendido a decir “izquierda”, “derecha”, “recto” y “alto” ese mismo día. Esa experiencia –y muchas otras–  mejoraron mi vida de oración y me motivaron a aprender el tailandés realmente bien. Sin celulares móviles, GPS o el traductor de Google, la vida en Tailandia como un nuevo misionero era de: “o nadas o te hundes”.

Una de esas cosas malas que al final resultaron bien era el gasto y la dificultad de estar en contacto con lo que ocurría “allá en casa”. Podía enviar correos electrónicos a mis padres y a otros, pero había pocas fotos o llamadas. La sensación de separación y de estar “lejos de casa” era más marcada que lo que es hoy. A excepción de ver películas en inglés de vez en cuando, la sensación de que vivía en una cultura completamente extraña era casi constante. Y cuando las cosas se ponían difíciles no había a dónde escapar. Podía leer un libro o platicar con algún amigo extranjero o incluso comer algo extranjero que me recordara a mi país, pero el paisaje y los sonidos tailandeses me rodeaban. El intenso calor y la humedad, el olor de la albahaca frita y los sonidos de la gente hablando tailandés eran parte del ritmo regular de la vida.

Escapismo en las redes sociales

El paisaje, los sonidos y olores de Tailandia hoy no han cambiado mucho en comparación con hace veinte años, pero lo que sí ha cambiado es la habilidad de escapar de ellos al conectarse en línea a las redes sociales y al internet, más generalmente. La sensación de estar desconectado de amigos y familia al otro lado del mundo se ha reducido significativamente. En un instante, puedo hacer una vídeo llamada con un amigo a miles de millas de distancia o seguir en tiempo real los debates en Twitter, o partidos deportivos, o noticias de última hora de “allá en casa”.

¿Es eso una bendición o una maldición? Ciertamente que la habilidad de mantener relaciones digitalmente con la gente a la que queremos es algo muy bueno. Esto ha sido especialmente cierto cuando muchos nos quedamos confinados en casa por causa de la pandemia del COVID-19. Aunque, al mismo tiempo, temo que la posibilidad de conectarse con el otro lado del mundo con tanta facilidad tenga un efecto negativo en nuestra habilidad de conectarnos verdaderamente con nuestro nuevo entorno. Esto es especialmente cierto para los misioneros nuevos que están aprendiendo el idioma y la cultura nueva y a menudo sienten la sensación de ser extraños y un anhelo por lo que les es familiar. Pero también puede ser cierto para cualquiera que se mude dentro de su propio país, ya sea por trabajo o estudios o por cualquier otra razón. Más que nunca, es fácil aferrarse a relaciones y experiencias que eran importantes en otro tiempo y lugar. Pero ahora la facilidad de aferrarse al pasado puede impedir que realmente vivamos en donde estamos ahora.

Temo que la posibilidad de conectarse con el otro lado del mundo con tanta facilidad tenga un efecto negativo en nuestra habilidad de conectarnos verdaderamente con nuestro nuevo entorno.

Tal vez no sea fácil permitir el distanciamiento en las relaciones, eventos y experiencias que disfrutábamos donde solíamos vivir. Pero, si no permitimos que mengüen, no será posible crecer más en nuestro contexto actual, de forma verdadera y plena. Si nos mudamos a un lugar nuevo, especialmente a una cultura nueva, es necesario cambiar nuestra mentalidad y decidir que, “AQUÍ es en donde vivo ahora. ESTA es mi casa”. Quizás no se sienta como su casa aún, pero si nos aferramos a lo que solía ser mi “casa” nunca sentiremos que el nuevo lugar es nuestra casa. Siempre estaremos viviendo en el pasado, en algún otro lugar y en otro tiempo. Las redes sociales y el internet pueden resaltar de forma artificial la sensación de que seguimos viviendo en otro lugar. Podemos mantenernos al tanto de mucho de lo que ocurre “allá”. Pero, ¿será saludable hacerlo? ¿Será sostenible? ¿Será que el gozo que recibimos de escapar “hacia allá” se convierte en desilusión cada vez que dejamos de lado el aparato?

Si nos aferramos a lo que solía ser nuestra “casa” nunca sentiremos que nuestra nueva ubicación es nuestra casa. Siempre estaremos viviendo en el pasado, en otro lugar y en otro tiempo.

Sospecho que uno de los factores en la deserción de misioneros hoy es que los nuevos misioneros fallan en adherirse a su cultura anfitriona porque fallan en desconectarse lo suficiente de la cultura en su país natal. Las redes sociales hacen que sea muy fácil vivir en otro lugar sin vivir realmente en donde estamos.

Las redes sociales hacen que sea muy fácil vivir en otro lugar sin vivir realmente en donde estamos.

No quiero sugerir ninguna fórmula para la cantidad de tiempo que debamos pasar en línea o cuáles rutinas o disciplinas debemos poner en marcha para ayudarnos a involucrarnos verdaderamente en nuestro entorno actual. Todos necesitan examinar su propio corazón y situaciones y tomar algunas decisiones. La pregunta que todos debemos hacernos es, sin embargo, esta: ‘¿En dónde quiero vivir? Y, ¿estoy tomando las decisiones para vivir allí o estoy tratando de vivir en otro lugar?’

Karl Dahlfred
OMF Tailandia

 

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