Al romper el alba, nada me apetece más que algo familiar antes de enfrentar los desafíos del día. ¡Ah, añoro el pan tostado de masa madre acompañado de los cereales “ni demasiado pesados ni demasiado ligeros” con los que crecí en Australia!
Nadie me advirtió de los desayunos japoneses.
Un desayuno tradicional japonés es arroz y encima, pescado, huevo crudo y natto (frijol de soya fermentado). Muchos cuentan de los beneficios saludables del natto –aunque antes hay que obviar el hecho de que huele a calcetines sin lavar y tiene una textura viscosa.
El desayuno “al estilo occidental” también está disponible en Japón, pero fue cuestión de unas pocas mañanas para que mis papilas gustativas me indicaran que ese no era ni el pan ni el cereal que buscaban.
Es natural procurar escapar de nuestra incomodidad. Durante nuestros primeros años en Japón, nuestra familia en nuestro país natal se apiadó de nuestro dilema y nos enviaban cajas de cereal por correo. ¡Cuánto atesorábamos cada cucharada!
Una de las peculiaridades de la vida cotidiana en una nueva cultura es que nos sorprenden las cosas que detonan la nostalgia. Hoy quizás sea el desayuno, pero mañana puede ser algo tan inesperado como que nos digan que debemos vestir con pantalones largos en el verano.
Sin embargo, a veces somos llamados a aceptar la incomodidad para que podamos amar a los que queremos ganar para Cristo. Cuando Pablo dice, “Sí, con todos trato de encontrar algo que tengamos en común, y hago todo lo posible para salvar a algunos” (1 Co. 9:22), me pregunto si él estaría pensando en algunas de las comidas inusuales con las que se encontró en sus viajes misioneros. Porque podrían ser los cambios aparentemente pequeños en nuestra vida diaria con los que aprendemos a amar a nuestros amigos japoneses un poco más. Tal vez al aceptar esas cosas pequeñas podemos desarrollar la capacidad de superar algunos de los desafíos interculturales más grandes que tenemos delante.
Hace unos años, decidimos que comeríamos el desayuno tradicional japonés cada mañana. Aunque sigo batallando con el natto, esta nueva rutina resultó mucho más fácil de lo que anticipábamos. Lo que más nos sorprendió fue cuando volvimos a Australia para nuestra Asignación en Casa durante un año. Probamos los cereales que tanto amábamos–¡y nos descubrimos sintiendo antojo por arroz y pescado en su lugar!
Por Andrew, un misionero de OMF



