El impacto de la identidad en nuestra disposición a involucrarnos en la misión

IDENTIDAD Y MISIÓN

Una de las cosas extrañas de ser un chino nacido en Australia es que constantemente me encuentro a mí mismo viviendo en tensión entre las dos culturas. Con los años he notado que, por lo general, hay tres tipos principales de asiáticos en Australia, y no me refiero a distintas etnicidades, sino a la manera en la que se identifican.

Aunque estas listas a veces pueden resultar divertidas y la gente se identifica con algo de lo que allí figura, no puedo evitar pensar que quizás haya algo más profundo entre nuestra identidad y nuestra habilidad de amar a quienes son culturalmente diferentes a nosotros y, al final de todo, nuestra disposición podría estar involucrada en la misión intercultural.

TRES TIPOS DE ASIÁTICOS  

Primero que nada, hay quienes son australianos al 100%. Sus padres probablemente han vivido en Australia por mucho tiempo (quizás por varias generaciones), por lo que nacieron aquí, crecieron aquí, piensan como australianos, hablan como australianos y tienen muchos amigos australianos.

Tal vez luzcan asiáticos externamente, pero generalmente hablan inglés en casa, aman los deportes australianos, prefieren alimentos occidentales y hay muchas cosas de la cultura asiática que no entienden o con las que no se identifican. Su idea de comida asiática con frecuencia son platos occidentalizados adaptados al gusto local y elegirían gaseosas o café antes que té de perlas cualquier día.

Por otro lado del espectro están los migrantes recientes, estudiantes internacionales y quienes recibieron educación asiática o pasaron la mayoría de sus años de desarrollo en Asia. Hablan su idioma materno con fluidez, a menudo compran en lugares en donde pueden comunicarse en su idioma natal, compran abarrotes o comen en restaurantes que sirven platillos auténticos de su país natal. Muchos escuchan música o ven programas televisivos de Asia y tienen la mentalidad o cosmovisión de un asiático.

Aunque prefieren pasar su tiempo con otros amigos asiáticos que comparten su cultura, gustos e intereses, hay algunos que hacen muchos amigos australianos y se integran bien en la vida y cultura australiana.

Además, están los que son como yo. Esos que se llaman a sí mismos asiáticos de primera generación, nacidos en Australia, que podrían ser chinos, vietnamitas, camboyanos, indios, malayos, etc. o cuyas familias migraron a Australia cuando éramos muy pequeños. Crecimos  aquí, asistimos a la escuela aquí, y pensamos y hablamos en inglés. Entendemos las normas sociales, sabemos como encajar, pero continuamos aferrándonos a un poco de la cultura de nuestros padres.

A menos que nuestras familias sean de países asiáticos de habla inglesa, a menudo hablamos otro idioma en casa (casi siempre es una mezcla del idioma materno de nuestros padres con acento australiano y algunas palabras clave en inglés), comemos comida asiática en casa y es común que nos toque explicar la cultura australiana a nuestros padres o la cultura asiática a nuestras amistades.

Por supuesto, siempre hay excepciones a la regla (¡y no quiere decir que mis observaciones sean algo escrito en piedra!), por lo que me gusta verlo más como un espectro.

Al hacerme mayor y comenzar a relacionarme con otras personas que aprenden de las misiones o se preparan para ir en una, me doy cuenta del impacto que nuestra auto-consciencia e identidad tienen en nuestra disposición a involucrarnos en las misiones.

CUANDO SE SEPARA LA IDENTIDAD CULTURAL

Melbourne, Australia es una ciudad muy multicultural en comparación con la mayor parte del mundo, y aun cuando salgo a comprar mis abarrotes, se me acercan personas de distintos trasfondos asiáticos a pedir ayuda o direcciones. Me miran y comienzan a hablar en mandarín, japonés o coreano y yo solo me les quedo mirando, sin entender nada.

Esta realidad ‘ni de aquí ni de allá’ se magnifica cuando tengo que viajar. Cuando las personas me preguntan de donde soy, la respuesta ‘Australia’, generalmente es recibida con sorpresa o confusión, ‘… ¿originalmente?’.

Si estoy en Asia, estoy consciente de no encajar bien.

Aunque yo tengo rostro y constitución como asiático, me visto diferente, no hablo el idioma ni tengo el acento correcto y me comporto y hasta camino de forma diferente. A simple vista, puedo encajar entre la multitud, pero a lo largo de los años, me he dado cuenta de que los locales inmediatamente saben que no soy de por acá.

Aunque esta consciencia de cómo pensamos, actuamos, vestimos y hablamos puede serle indistinguible a alguien de otra cultura es crucial para contextualizar efectivamente el evangelio; no debemos permitir que nos separe.

ENCONTRAR UNIDAD EN EL CUERPO DE CRISTO

Uno de los mayores desafíos que he descubierto como australiano asiático es la idea de una mentalidad ‘nosotros versus ellos’.

Al crecer estaba muy consciente de que había una clara diferencia entre los tres grupos de asiáticos que mencioné. Es difícil de admitir, pero algunos podríamos haber pensado que éramos mejores que otro grupo, y puede ser que otros pensaran que otro grupo nos menospreciaba.

Ya fuera que lo creyéramos o no, todos aprendimos un racismo sutil mientras tratábamos de encajar con quienes nos identificábamos.

Las implicaciones de ello se hicieron aparentes en las personas que considerábamos no idóneas para cortejar, considerando molestas las diferencias en cómo hacíamos las cosas, en lugar de solo diferentes, o burlándonos de otros que pudieran estar aceptando la cultura pop de culturas diferentes.

NUESTRA IDENTIDAD EN CRISTO

Sin importar de dónde venimos ni qué nos identifica, necesitamos estar conscientes de las barreras que hemos puesto inconscientemente y mirar en lo profundo de nuestro corazón para descubrir qué es lo que en verdad gobierna nuestra identidad.

A menos que encontremos nuestra identidad en Cristo y dejemos de lado nuestro orgullo o inseguridades culturales por no querer sobresalir, sería ingenuo pensar que podemos amar genuinamente –como Cristo–  a alguien, ni digamos a las naciones de personas que son tan diferentes de nosotros.

No hay ni asiático, ni occidental, ni gente que hable inglés o chino, no hay nada que sea mejor o peor, porque todos somos portadores de la imagen de Dios, hechos uno en Cristo Jesús; hijos de Dios, por la fe.

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