Cómo responde un Niño de Tercera Cultura a la pregunta: ‘¿De dónde eres?’

Es bastante común preguntar, «¿De dónde eres?» cuando uno conoce a alguien por primera vez, es como si el lugar en donde uno vive se convierte en una característica identificadora de quién somos. Sí, a menudo vinculamos nuestra identidad a la ubicación en donde echamos raíz. Pero, esto es difícil cuando se es un Niño de Tercera Cultura (NTC) y no se tiene una respuesta enraizada en un lugar específico.

¿Es mi hogar una ubicación?

Siendo yo mismo un NTC, casi toda mi vida fue de mudanzas. Si me preguntaran de dónde soy, les daría una respuesta de cinco segundos, o una respuesta al estilo de tomemos-un-café-y-te-cuento-una-lección-de-historia. Para cuando cumplí doce nos habíamos mudado seis veces. Eso es un promedio de una mudanza cada dos años; una de las cuales fue de un país a otro. Eso fue hace diez años, y me he mudado más veces desde entonces, al igual que mis padres —pero a dos países distintos.

Solía pensar que el hogar era una ubicación. Yo nací en Singapur y fue el único hogar que conocí antes de que mi familia se mudara a Hong Kong cuando yo tenía diez años. A esas alturas, todavía era fácil decir que Singapur era mi hogar. Pero cuando se fueron borrando mis recuerdos de Singapur mientras que la vida en Hong Kong se me hizo más familiar ya no pude restringir la definición de hogar a una ubicación.

Ya que Hong Kong era en donde estaban mi familia inmediata y amigos más cercanos, definí hogar como el lugar en donde están mis seres queridos. Irónicamente, hoy mis seres queridos viven en tres países diferentes la mayor parte del tiempo –mi hermano trabaja en Hong Kong, mientras que mis padres viven en Taiwán. Mi hermana y yo ambos estudiamos en Estados Unidos, pero en dos estados diferentes. Ya no pude definir hogar como el lugar en donde vivían mis seres queridos.

Un NTC llamado Jesús

Recuerdo la historia de otro hombre en la Biblia que también era un NTC. Él había nacido en Belén, fue refugiado en Egipto siendo bebé, pasó su juventud en Nazaret y viajó ampliamente en los últimos tres años de su vida. Aunque era conocido como Jesús de Nazaret, en realidad el Hijo del Hombre no tenía dónde recostar su cabeza (Lucas 9:58). Sin embargo, Jesús no vino a buscar un lugar en la tierra en donde echara raíz su identidad. En lugar de ello, nos manda, «pero tú ve y proclama el reino de Dios» (Lucas 9:60). El lugar en donde vivimos hoy es solo un lugar temporal. Jesús lo sabía y por eso nos dio una ubicación eterna en la cual echar raíz.

Encontrar mi identidad

Hoy, si me preguntara cuál lugar considero mi hogar, le diría que es Wheaton, en donde he estado los últimos tres años por la universidad. Pero, también podría decir que mi hogar es Singapur ahora que estoy acá. O Taiwán, porque es mi hogar cuando visito a mis padres. La razón por la que puedo encontrar contentamiento en llamar a cualquier lugar mi hogar es porque mi identidad ya está enraizada en el reino de Dios.  El reino de Dios no es un lugar distante, ni siquiera uno al que tengamos que esperar para entrar. De hecho, es un lugar al que tenemos acceso ya, aunque no es un lugar físico. Al «ir» yo y proclamar el reino de Dios, soy colocado en donde sea que Dios me guíe. Y a donde sea que él me lleve es mi hogar porque él está conmigo. Por lo tanto, la respuesta a «¿De dónde eres?» ya no es una ubicación física, sino la presencia de Dios, porque donde él está, también está su reino.

Para concluir, quiero compartir esta cita que una vez mi papá escribió en una actualización de oración para el boletín informativo. «La diferencia entre los extranjeros y advenedizos, y entre los errantes y fugitivos es que los primeros saben que son extranjeros en esta tierra ya que su verdadero hogar está en el cielo.» Porque estamos proclamando el reino de Dios estamos en nuestro hogar, sin importar dónde estemos.

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