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Confiar en Dios por nuestros hijos

“Lamento llamarla, pero su hija está llorando y quiere hablarle” dijo la maestra. Consolé y animé a mi hija, le agradecí a la maestra y colgué el teléfono.

Apenas un mes atrás nos habíamos mudado a Japón con nuestros tres hijos pequeños. Ninguno de ellos hablaba japonés. La mayor, Alice*, comenzó en Año 1 en nuestra escuela primaria local. Sus días estaban llenos de idioma japonés y su incapacidad de comunicarse y conectar con otros la angustiaban. 

Después de la llamada por teléfono, sentía acongojado el corazón al pensar en lo aislada que debía sentirse ella. Oré y pedí a nuestra familia y amigos que oraran con nosotros. Ella perseveró en asistir a la escuela.

Un par de semanas después, Alice volvió con una carta. Estaba escrita en inglés por la mami de Emi*, una de las compañeritas de Alice, que quería entablar una conexión. Alice estaba muy emocionada cuando hicimos planes para reunirnos. ¡Qué respuesta a la oración! Desde nuestra primera reunión, el dúo de esta mamá y su hija se convirtieron en nuestras primeras amigas japonesas y nuestra fuente interna en el sistema escolar. La mami de Emi siempre nos visita y ofrece consejos y recordatorios relacionados con temas de la escuela. 

Creo que Dios nos guio como familia para servir en Japón, no solo a mi esposo y a mí, sino a toda nuestra unidad familiar. Mudarnos a Japón, dejar atrás la familiaridad y comodidad por la incertidumbre y lo que está fuera de nuestra zona de confort, por muy difícil que fue ver a nuestros hijos batallar en entornos nuevos, nos ayudó a nosotros y a nuestros hijos a crecer, a ser más resilientes y a depender de Dios. En retrospectiva, estos últimos dos años desde que llegamos, hemos visto la fidelidad de Dios en la vida de todos nosotros. 

Alice ha crecido mucho, ha hecho buenos amigos y ¡sospecho que su japonés es mejor que el mío! Ver a nuestros hijos enfrentar dificultades es difícil, pero como escribió Santiago, “considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce perseverancia” (Santiago 1:2-3 NVI).

Podemos confiar en la bondad y soberanía de Dios al enfrentar desafíos y dificultades y podemos acudir a él para que cuide de nuestros hijos, también.

¿Podría orar por las familias de los nuevos misioneros y sus hijos? 

Por Cindy, una misionera de OMF.

*No sus verdaderos nombres

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