Veronica López Arévalo, una joven periodista chilena y activista misionera, leyó el artículo «Aprendiendo de la mayoría de la iglesia mundial» del Dr. Peter Rowan y escribió esta provocadora respuesta:

La cara de la Iglesia Evangélica en el mundo está cambiando. Por primera vez en la historia hay más cristianos en el sur global que en Europa y Estados Unidos juntos. Esto implica, también, que la fuerza misionera y los países envidadores están cambiando: Brasil, India y países de África hoy se suman a las estadísticas.

Tan solo para mencionar un dato, entre Latinoamérica y África hay más de 1 billón de cristianos. Asia no se queda atrás, en China se estima que hay cerca de 70 millones de evangélicos. Por el contrario, en Estados Unidos el ateísmo crece entre sus habitantes.

Estas cifras también nos hablan de una diversidad étnica y cultural nunca antes vista en la historia de la Iglesia universal. Si hoy tomáramos una fotografía de la iglesia, se parecería bastante a la visión de Juan en Apocalipsis 7:9-10 (por supuesto, lo que vemos en la Biblia es una visión escatológica y jamás se comparará con lo que podremos experimentar en la tierra).

Pero ¿cómo enfrentamos esto cambios como Iglesia global? ¿Estamos aceptando e incluyendo esa diversidad étnica y cultural en nuestro quehacer cristiano, pensar teológico y prácticas de adoración?

Hace unas semanas me encontré con un iluminador artículo que reflexionaba sobre este cambio e invitaba a la iglesia occidental a escuchar las voces de la mayoría de la iglesia mundial actual (exacto, los no-occidentales).

Históricamente el mundo occidental -el norte global para ser más específicos- ha tenido una voz prominente en todos los ámbitos del cristianismo: desde la interpretación de la Biblia hasta cómo hacer misiones. Y era obvio, pues por mucho tiempo representaban a la mayoría de la Iglesia. Pero, con el nuevo escenario mundial, ¿qué tenemos para decir la mayoría de la iglesia ahora?

Pienso específicamente en las y los latinos, aquellos que crecimos perdidos en sociedades colonizadas que luchaban por encontrar su propia identidad. La mayoría de nuestras iglesias dependieron económica, administrativa e incluso teológicamente de nuestros hermanos en el norte. De ellos aprendimos sobre cómo administrar una iglesia, qué canciones entonar y cómo dirigir un culto; en muchos casos adoptamos su cultura. Fuimos como ese hermano menor que cuando se sentía abandonado buscaba la ayuda de su hermano mayor para surgir.

Pero la iglesia latina ha crecido: hay autonomía, hay una consolidación económica y hay mejor educación teológica. Estamos frente a una oportunidad única para que la Iglesia latina alcance su mayoría de edad.

Debemos nosotros -los y las latinas- escucharnos entre nosotros mismos, aprender de las iglesias indígenas, descubrir nuestra propia voz sin dejar de honrar el pasado, aceptar nuestra diversidad cultural y celebrar lo que Dios está haciendo en su pueblo actualmente.

–Verónica López Arévalo

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