Era casi la media noche cuando sonó la notificación de un nuevo mensaje de WhatsApp. Era de parte de una de las personas que me apoyan en Singapur, quién me escribió para decirme que estaba orando por la clase que tenía que dar al día siguiente en una universidad cristiana en el área metropolitana de Tokio.

Estaba en medio de la preparación para la clase online. Había sido invitada a enseñar esta clase justo antes de que el COVID-19 impactara al mundo. Antes de darme cuenta, la pandemia cambió nuestro día a día y la mayoría de las universidades en Japón decidieron hacer clases online, incluída la mía. Antes me apoyaba mucho en mi esposo para todos los aspectos técnicos y de computación, pero desde que falleció hace cinco años atrás no me ha quedado otra opción más que aprender nuevas habilidades tecnológicas. Lamentablemente, mi conocimiento de computadoras no ha mejorado, solo un poco más de lo que mi hija de ocho años sabe.

Así que ha sido un gran desafío enseñar esta nueva clase online. No es novedad que me encuentre con complicaciones tecnológicas de último minuto justo antes de que inicien mis clases. Y eso es justo lo que me había sucedido el día previo al mensaje que recibí.

Ese día ya estaba con mucho estrés ya que no había preparado con tiempo la clase, debido a otros compromisos que tenía en la semana. Previamente había mensajeado a algunos de los que me apoyan en oración para que rogaran especificamente por mi clase de ese día. No obstante, siete minutos antes de que iniciaria la clase, mi computadora empezó a fallar de la nada. Mi tensión aumentó mientras reiniciaba la computadora, ya que no funcionada. Respiré profundo y recordé las fieles oraciones de quienes me apoyan. Yo también oré y reinicié la computadora por una segunda vez. Finalmente funcionó.

Iniciamos a tiempo y durante la clase no tuve ningún problema técnico. De hecho, fue una clase particularmente agradable. Mis estudiantes mostraron gran interés en el tema y participaron constantemente. Al final, muchos estudiantes comentaron lo útil que fue el contenido para sus vidas y ministerio. Una vez más me sorprendí con lo que el Señor había hecho en respuesta a las oraciones ofrecidas por mis fieles colaboradores.

A veces el Señor nos guía a una tarea que pareciera va más allá de nuestra propia capacidad. Sin embargo, el Dios que nos llama es fiel y él nunca falla en proveernos una forma para cumplir su voluntad. Aunque su provisión sea de distintas formas, él constantemente usa las oraciones de los santos para romper las barreras. Tal como Aarón y Hur, quienes sostuvieron los brazos de un cansado Moisés en la batalla contra el ejército de Amalec (Éxodo 17), nuestros compañeros de oración alrededor del mundo también se paran con nosotros, sostienen nuestras manos y nos ayudan en la gloriosa obra del Señor. Realmente agradezco a Dios por la provisión de cada guerrero de oración que me acompaña en mi ministerio en Japón.

Uno de los valores de OMF en Japón es: Dependemos de Dios -viviendo por fe, buscándolo en oración y sometiéndonos a su voluntad. Qué gozo y bendición es servir al Señor con un equipo de hermanos y hermanas que, a través de la oración, me ayudan a perseverar y ver a Dios actuar. ¡Toda la gloria para nuestro Señor!

¿Orarías por Japón?

  • Ora por los misioneros que sienten que Dios les ha dado tareas que parecen incapaces de realizar
  • Ora por nuevos misioneros que se unan a nosotros, personas que estén dispuestas a depender en Dios para todas las cosas
  • Ora por quienes interceden por los misioneros, que ellos vean la importancia de su rol en alcanzar a los japonenes para Cristo

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